Por David Fernández
Fotos: Cundo no se indique lo contrario, Wien Tourismus
david.fernandez@revista80dias.es

Pasear hoy por Viena tiene ese sabor especial de visitar una ciudad europea, cosmopolita, pero agarrada a sus tradiciones. Sin embargo, al hacerlo 60 años antes, a ese sabor se debía unir el del frío metal que atenazaba a la Europa de la contienda mundial que había enfrentado a Alemania con el resto del mundo. Así lo debió de sentir Carol Reed, director de El tercer hombre, que, aunque no mostró escenas crudas de la vida real en la ciudad austriaca, sí se recreó en mostrar la destrucción de una de las ciudades que había pertenecido a las joyas de la corona europea. Y los juegos de sombras que usa para recalcarlo no hacen sino ayudar a dar esa impresión de bella decadencia que impregna a Viena.

A la capital de Austria llega Holly Martins (interpretado por Joseph Cotten), un escritor de novelas del Oeste, con la idea de encontrar a su mejor amigo, Harry Lime (recreado por Orson Welles). Las primeras escenas, después de la famosa banda sonora de Antón Karas tocando la cítara, nos muestran una ciudad controlada por las cuatro potencias vencedoras en la II Guerra Mundial (EE UU, Francia, Gran Bretaña y Rusia). Martins no deja de ser un viajero y le sucede lo que podría pasarnos a cualquiera de nosotros: se le presenta la barrera del idioma. Este es un detalle muy significativo y al que muy pocas veces se le da importancia en las películas, ya que al provenir el 70% del cine que consumimos de la factoría estadounidense, la norma es la de hacer hablar a todos los personajes, sean de la nacionalidad que sean, un excelente inglés. No ocurre lo mismo en El tercer hombre, donde Carol Reed deja claro que uno de los problemas a los que se enfrentan los conquistadores es el de entender la lengua del pueblo al que someten. Después de esto, el escritor se encuentra con que su amigo del alma ha muerto el día anterior en un accidente.

Sin embargo, los hechos no son lo que parecen y Martins empieza a casar las piezas de un rompecabezas que le llevará a descubrir la verdadera identidad de su amigo. Decimos que las cosas no son lo que parecen porque en la propia ciudad tampoco hay lugar para las certezas. Buena parte de los exteriores están rodados de noche, hecho que el director aprovechó magistralmente para mostrar una Viena fantasmagórica, realzada con los excelentes juegos de sombras que en más de una ocasión sirven para provocar engaños y llevar al espectador a conclusiones precipitadas. La secuencia en la que se presenta Orsons Welles ha pasado a la historia del cine como la mejor para dar a conocer a un personaje. También es magnífico el uso de la oscuridad para enmascarar a los diferentes actores.

Y en esta sucesión de sombras va pasando la ciudad a nuestro alrededor, desde las primeras escenas en la estación de tren, hasta el propio Hotel Sacher en el que se aloja el protagonista. No obstante, es la plaza principal de Viena, donde se encuentra el Ayuntamiento, otra de las verdaderas protagonistas en las que se desarrolla buena parte de la acción. A través de estos lugares se va hilvanando el argumento de la historia, que no podría ser el mismo en una ciudad diferente. Y ello por dos motivos, ambos relacionados con los dos puntos clave de la película. El primero es la aparición de la noria del Prater en escena. Desde ella se explica la filosofía que envuelve toda la trama de la película, la insignificancia de la vida humana si se contempla desde la frialdad de la altura y la distancia. Por eso es necesaria la noria, ya que su punto más elevado permite realizar la metáfora perfectamente y cerrar el ciclo al llegar al final y acercarnos a la vida cotidiana de la ciudad. Aquí es donde tiene lugar aquella frase: “En la época de los Borgia en Italia hubo saqueos y asesinatos, pero también florecieron Leonardo y Miguel Ángel. Sin embargo, en la misma época en Suiza hubo paz y el resultado fue… el reloj de cuco”. Toda una declaración de intenciones. El segundo motivo por el que Viena era la ciudad perfecta, que a la vez se constituye en climax de la película, son sus cloacas. En ellas se desarrollan las últimas escenas del film y sirven como verdadera imagen de la perversión moral del personaje principal, así como de justificación del final al que está abocado.


NO OS PODÉIS PERDER

  • Una porción de Sacher Torte en el Hotel Sacher.
  • Recorrer los jardines del Volksgarten.
  • Visitar el museo de la ciudad, para comprneder mejor la catedral de San Esteban.
  • Tomar una buena cerveza en un Beergarten.
  • Probar el Wiener Schnitzel y el Apfelstrudel.
  • Echar un vistazo a la Iglesia de los Minoritas y su mosaico de la última cena.
  • Disfrutar del festival de cine de verano en la plaza del Ayuntamiento.
  • Pasear a orillas del Danubio.
  • Hacer una pequeña excursión a la HermesVilla.
  • Jugar en el laberinto de los parques de Schönbrunn.

TRES PINCELADAS DEL FILM

  • Fue galardonada con el Gran Premio del Festival de Cannes y con el Oscar a la mejor fotografía en blanco y negro.
  • Además, estuvo nominada en las categorías de mejor director y mejor montaje, de Oswald Hafenrichter.
  • La película fue rodada en London Film Studios (Shepperton, Inglaterra) y los exteriores en Austria.

FICHA TÉCNICA

  • Año y nacionalidad: 1949, Reino Unido.
  • Dirección: Carol Reed
  • Producción: Alexander Korda
  • Guión: Graham Greene y Alexander Korda. Adaptado de la novela homónima de Graham Greene.
  • Música: Antón Karas
  • Fotografía: Robert Krasker, en blanco y negro.
  • Reparto: Orson Welles (Harry Lime), Joseph Cotten (Holly mAtins), Alida Valli (Anna Schmidt), Trevor Howard (Mayor Calloway), Paul Hörbiger y Ernst Deutsch (Baron Kurtz).
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Aspecto del Prater/F3


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Vista del Ayuntamiento de Viena/F3


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