Paloma Gil Cosío
paloma.gil@revista80dias.es

¿Qué es para usted un viaje?
Un viaje siempre resulta un enriquecimiento emocional, la posibilidad de cierto escepticismo y, sobre todo, la posibilidad de tener tiempo para uno mismo. Yo creo que sin esas tres consideraciones lo que hacemos es trasladarnos, porque el mundo de la civilización nos da la posibilidad de movernos muy rápido de un sitio a otro, pero eso realmente no es un viaje. Viajar es salir por salir, es enriquecerte con lo que ves, estar abierto a todo tipo de influencias externas y luego regresar con la capacidad de poder asimilar esas experiencias.

¿Cuál es el viaje más increíble que ha hecho?
Bueno muchos… Yo tengo ciento y pico viajes, pero si tuviera que quedarme con uno la verdad es que me quedo con todos. Incluso el más pequeñito me enseñó mucho, me enriqueció bajo el punto de vista personal y profesional y me ofreció algo que la vida cotidiana no nos ofrece. Pero desde luego, el viaje al interior de la Antártida (la primera vez tuvo lugar en 1994) fue extraordinario en todos los sentidos. Durísimo de aguantar por las condiciones que vivimos [el equipo], pero absolutamente maravilloso. Estar en la Antártida todavía hoy en día y, sobre todo, estar en el interior de la Antártida es lo más parecido a estar en otro mundo fuera del planeta, fuera de nuestro sistema solar. Prácticamente parece un mundo extra terrestre. Sin embargo, los dos cruces de desiertos que he hecho, el Taklamacán en el año 2000 y el desierto Líbico (el Gran  Mar de Arena) en el 2004, fueron experiencias maravillosas, muy diferentes a las que hacemos de altísima montaña, por ejemplo a la zona norte del Karakorum y montañas bastante perdidas y remotas.

¿Es cierto eso que cuentan de que cuando haces una expedición por el desierto y pasas realmente mucho tiempo con los camellos, al final se hace duro separarse de ellos?
Hombre eso es algo natural, nosotros nos tiramos un mes caminando con ellos. Ten en cuenta que el hombre ha trastocado en las ciudades el sistema natural que venía desde hace 13.000 años: hemos perdido la relación con los animales. Y eso es así porque nosotros a los animales directamente nos los comemos, los vemos en el plato y ya está. En cambio, para atravesar un desierto dependes de los camellos, porque te llevan el agua. Si un camello se muere y por tanto dejas de tener el agua, tu capacidad de supervivencia está limitada, probablemente, a unos pocos días. Así  que el vínculo que se adquiere con los camellos es la que se puede adquirir con cualquier otro animal, como le sucede a la gente que tenga ganadería, por ejemplo.

Las dos experiencias en ese sentido fueron esplendorosas y duras. En el caso del Desierto Líbico sólo llevábamos dromedarias, todas hembras, porque, según nos contaron los beduinos, es fundamental para tener un grupo compacto y que no haya problemas. Aún así todas las mañanas necesitábamos un par de horas para ponernos en marcha, que es el tiempo que se tarda en cargar los camellos y hacerlos andar a un ritmo determinado. Por su parte, en el caso del Taklamacán fue abrumador: primero porque había leído mucho al respecto de las antiguas caravanas de camellos en la zona de la ruta de la seda, desde Marco Polo para acá y que utilizan siempre camellos bactrianos. Cuando te sitúas a su lado son gigantes. Son animales capaces de cargar 200 kilos y de estar caminando 7 días sin beber una gota de agua. Esto fue realmente espectacular.

De todos los viajes que ha hecho, ¿cuál ha sido el más duro?
No hay ningún viaje que yo recuerde con horror, pero con cierto dolor, varios. La gran mayoría han sido muy duros. El último viaje que hemos hecho a Tierra de Fuego ha sido, para mí, durísimo. He sufrido mucho, porque ha requerido un esfuerzo físico que muchas veces te lleva al límite.

Doloroso, en el sentido personal del término, ha sido el que viví en el año 2003 en la Isla Guadalupe, cuando se cayó un compañero delante de nosotros, cien metros, y se mató en el acto, mientras que otra chica quedó gravemente herida y estuvimos 16 horas trabajando para sacarla de allí. Pero que sepas que después de aquello, al año y medio, esta chica se hizo con nosotros la travesía del Desierto Líbico, el Gran Mar de Arena, de 800 kilómetros. Es lo que decía Einstein: “hay una energía más poderosa que la energía eléctrica, que es la voluntad que tenemos”.

Y, ¿el viaje por la Antártida no fue duro?
Vamos a ver, nuestro trabajo en general es duro. Tampoco nos gusta recrearnos en ello, pero el trabajo de filmación es levantarte a las ocho de la mañana, regresar a las nueve de la noche, y cargado con los focos, el equipo… Todo eso para que, en un día, a lo mejor saques dos minutos de grabación, o ni eso, porque no estaba bien iluminado. Es decir, la base de nuestro trabajo siempre es dura, muy exigente, bastantes veces poco reconocida, porque la gente lo ve en casa, piensa lo bonito que es y ya está, pero no puede hacerse a la idea de lo que ha costado sacar eso.

Es bastante difícil para la gente en general ponerse en la piel de un tipo que va caminando por el desierto, que va hecho polvo porque lleva 35 kilómetros andando y, de repente, esa es la luz que necesita para filmar y tiene que parar al camello, sacar el trípode, llevar la cámara encima, hacer una panorámica. Mientras, se larga la caravana y con el tiempo que se tarda en recoger el equipo ya no le vuelves a ver hasta la hora de la cena. Llegas a cenar, sudado, destrozado, cansado, comes poco y mal, porque lo que quieres es meterte en el saco y cierras los ojos y los abres. Ha pasado un rato y ya es por la mañana: tienes que prepararte el desayuno, hacer la fogata, cargar los camellos y a las dos horas ponerte a caminar sin descanso volver a hacer lo mismo y grabar tres planos ese día. Y a lo mejor son tres minutos de imágenes, de las cuales se van a  montar 25 segundos. Eso es un poco nuestra vida. Y debe ser así: requiere de sacrificio, de coste personal, de esfuerzo, que probablemente mucha gente no estaría dispuesta a hacer. Y todo se lleva a cabo siempre con gente, con trabajo en equipo.

La serie (Al filo de lo imposible), ¿se llama así porque nos quedamos al filo o porque realmente hay algo imposible?
No, eso quiere decir que nuestra obligación es caminar siempre en pos de una utopía, aunque la mayoría de las veces no la alcanzamos. Imagina un horizonte en el que te pones a caminar y nunca llegas, pero entonces ¿de qué vale? Pues vale porque te hace caminar.

De todas las maneras, históricamente ya sabemos que lo que era imposible hace 500 años dejó de serlo cuando los barcos navegaron. Se cruzó el océano ignoto y se descubrió América y luego se exploró Asia Central y el interior de África, y luego se conquistaron los polos, y luego las grandes cumbres del Himalaya. Y ahora mismo, probablemente, la exploración que queda por hacer está en el Universo y la que está dentro del fondo de los mares, de las cuevas: los últimos territorios que guardan una incógnita de nuestro planeta.

¿Usted cree que es imprescindible viajar y conocer otros mundos? Ya sabe: para adquirir cultura, para abrir la mente…
Yo creo que sí, pero no seas tan optimista. No todo el mundo que viaja termina enriqueciéndose, primero porque hemos convertido el viaje, como decíamos, en algo diferente. Y eso es algo que lo ves, por ejemplo, voy a Egipto y de repente, paseando por los bazares oigo turistas españoles quejándose de lo sucio que está aquello, de que la comida pica, de que el aire acondicionado del hotel no funciona… claro, hay gente que viaja con su mundo puesto en la cabeza y lo que quiere es trasladar su mundo a los otros mundos. Cabría preguntarse entonces, para qué viajan. Quédate en casa, no? Que lo tienes todo. Viajar es abrirse siempre a lo extraño, a lo diferente. De alguna forma, en el mismo momento que te abres a lo extraño, estás aceptando lo diferente y al mismo tiempo te estás rebajando a ser uno más, dentro de un mundo muy plural y diverso. Y eso no quiere decir, por supuesto, ni mucho menos, que lo de fuera no sea criticable, no haya que tener también las mismas dosis de escepticismo, pero hay que tenerlo para lo de fuera y para lo de dentro.

Por eso soy tan poco nacionalista, porque los nacionalistas parten de una idea perversa que es el hecho de que nacer en un sitio determinado, te da unas características especiales. No sé si eso en el siglo III a.C. tenía alguna razón de ser, en el siglo XXI, me parece que es una estupidez.

¿Le gusta tanto viajar como volver a casa?
No, lo que más duro se me hace es volver. Siempre. El problema radica en que cuando estoy fuera me encuentro muy a gusto. Yo me voy todos los veranos a una aldea perdida a 3.000 metros (en Karakorum) donde tenemos un proyecto de ayuda y cooperación para el desarrollo. Y estoy estupendamente con mi gente, estoy cómodo. De hecho, vuelvo porque tengo que volver, porque tengo obligaciones y trabajo, pero cada vez más me parece que mis vínculos tienen que ver con diferentes puntos del planeta y no con uno sólo, que se encuentra en Madrid.

¿Qué pintan los amigos en los viajes?
Los amigos son esenciales. Es que creo que no merece la pena hacer cosas con gente que no son buena gente. Es una de las mayores enseñanzas que he tenido en estos años. Viajar con personas que te puedan hacer imposible el viaje es convertirlo en justo lo contrario. Así que el único consejo o la única sugerencia que yo podría dar es que viaje con gente que conoce bien. Que literalmente sean personas con las que se pueda ir al fin del mundo, como decía Charlie Garland.

Cuando la gente sale, deja de representar su papel. Y luego, si son viajes duros en el que el primer día aterriza un avión, te deja en la playa, tienes que poner la tienda a 35 ºC bajo cero y vas a comer lo que puedas derretir en el hornillo, en dos días sabes de qué va la gente. Sabes la que es buena, solidaria, esforzada o los que son egoístas y te van a hacer la vida imposible.

Las relaciones y los vínculos que tenemos las personas que hacemos “Al filo de lo imposible” son, sin lugar a dudas, muy diferentes de los de las personas normales, de los que se adquieren en una fábrica o en una empresa normal. Son vínculos para toda la vida.

Un consejo para nuestros lectores.
Primero, no soy muy partidario de dar consejos. Pero si acaso, estimular a que la gente salga, porque se aprende y porque además es muy divertido. Hay un par de cosas en la vida, que son muy divertidas. Una, que todos los mayores de edad deberían de saber, y otra que es viajar. Y además aconsejo viajar con tiempo. Procurar no cerrar el viaje, viajar con el tiempo que te deje la cabeza libre. Y eso supone, en lo posible, no planificar mucho.

Según el último libro de Matilde Asensi, Todo bajo el sol, “Las nuevas experiencias, los viajes, tienen un influjo amnésico poderoso, como cuando pintas con un nuevo color sobre otro anterior que desaparece…”, ¿cree que esto es cierto?
No. No me parece que sea así. En mi caso desde luego no lo es. Yo creo que soy la suma de todos los viajes que he hecho.

Estoy en la Antártida y soy la suma del tipo que viajaba en camello por el Desierto Líbico. Y además es que me parece que tiene que se así. Aunque tenemos la cabeza muy estructurada, bajo el punto de vista de lo abstracto, la capacidad que tenemos de abstraernos de lo que es el mundo es la suma de lo que hemos sido. Porque los recuerdos son los que tienes más vivos en la imaginación. Además, me parece que sólo desde ese punto de vista, puede entenderse lo que somos y nuestro desarrollo. De hecho me parece que somos la única especie que ha tenido capacidad de eso que se llama la transmisión cultural, es decir, la capacidad de transmitir nuestras experiencias a generaciones diferentes y aprender de ellas. Eso es lo que hace que nosotros mismos seamos la suma de un montón de cosas. Yo creo que la vida solamente se puede vivir con pasión o de otra forma, y ésta última no me interesa. Así que la suma de aquello en lo que invertimos cariño, voluntad, pasión, esfuerzo, sacrificio, amistad, amor… todo eso es la suma de lo que somos.

Ese lugar…. El lugar secreto, ¿dónde está? Bueno si es secreto no te lo cuento… No, tengo varios lugares diferentes. El Karakorum es un lugar especial para mí. Fue el primer gran viaje que hice, es el lugar de montaña más bello de la Tierra y luego estoy muy comprometido con la gente que vive allí, por ayudarles. Con esa gente tengo un vínculo de afecto y de amistad. Así que el Karakorum para mí siempre será un lugar especial. Luego hay una montaña, por encima de cualquier otra, que es el K2, en el que hemos tenido cuatro expediciones. Voy a intentar sobrevolarlo en globo este verano… así que tengo una grandísima relación con él. Y luego buscaría dos desiertos, que son los que te he dicho: el Taklamacán y el Desierto Líbico, pero también el sur de Chile y de Argentina, la Patagonía y Tierra de Fuego y la Antártida. Esos son los lugares. Esos son mis lugares.

Sebastián Álvaro

Sebastián Álvaro Lomba es el director de Al Filo de lo Imposible, la serie documental que emite TVE2 los domingos por la noche. Con más de cien capítulos a sus espaldas, ha ganado premios de los festivales más prestigiosos, como es el de Banff, Calcuta o Nueva York o el Premio Ondas 1995, entre otros. Siguiendo su máxima de que la aventura es la única manera de robarle tiempo a la muerte ha vivido experiencias extraordinarias en todos los sentidos, realizando y filmando expediciones a todos los rincones del planeta, desde la Antártida, hasta Tierra de Fuego, pasando por los desiertos y sin olvidar, por supuesto, sus queridas montañas: el Everest, el K2 o el Himalaya.

También es autor de varios libros, como Tierra de Aventura, El sentimiento de la montaña: doscientos años de soledad o el propio libro de Al filo de lo imposible.

Además tiene su propio blog en el que siempre deja pequeños pedacitos de sus viajes para que podamos compartirlos con él, como si realmente estuviéramos allí, en
http://autos.msn.es/blog/blog.aspx
y
http://deportes.msn.es/SebastianAlvaro.aspx

Y como no podía ser de otra manera ha puesto en marcha un proyecto humanitario, llamado Hushé, del que os hablaremos más adelante.


Proyecto Hushé

Desde 1981 el equipo del programa de televisión Al filo de lo imposible ha estado realizando expediciones a montañas de más de 8.000 metros en el Karakorum. Durante todos estos años ha contado con la colaboración de los porteadores de las aldeas del Baltistán, especialmente del Valle de Hushé, uno de los más remotos del planeta. Está situado al norte de Pakistán junto a la frontera de China e India. Sus gentes son baltíes, descendientes de una antigua migración tibetana.

Cuando en el año 2000 Fanta Europa concede al equipo del programa un premio de 24.000 euros comienza a concretarse un proyecto, gestado con los miembros de la asociación Sarabastall de la comarca de Caspe en Zaragoza. La idea es llevar a cabo un proyecto de ayuda humanitaria en esta zona. En el verano de 2001 se realiza el primer viaje de estudio y preparación. Después se reunieron por primera vez con el comité del pueblo y les preguntaro cómo podían ayudarles. La respuesta fue unánime y precisa: “Lo primero es mejorar la educación de nuestros niños”. Con la información recogida, elaboraron el Proyecto Humanitario Hushé para desarrollar cuatro aspectos: educación, agricultura, sanidad y turismo.

Mas información en:

http://www.sarabastall.org/