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Salem, la ciudad de las brujas

Una performance callejera, persiguiendo a una mujer acusada de brujería.

Representación callejera: persiguiendo a una mujer acusada de brujería. / FOTOS: Oficina de Turismo de Salem

PALOMA GIL

Salem está situada en la costa atlántica estadounidense, en la región de Nueva Inglaterra, a tan sólo 25 km. del norte de Boston. Históricamente, su crecimiento económico se debe a lo estratégico de su puerto durante los siglos XVIII y XIX, cuando el comercio con África, India, Rusia, Sumatra y China se encontraba en pleno apogeo.  Una consecuencia directa de esa riqueza económica es la arquitectura de la zona, señorial y bien conservada, que actualmente está reconocida como patrimonio histórico nacional.

Pero Salem es mundialmente conocida por otro aspecto: los juicios que tuvieron lugar en 1692. Una sorprendente reacción colectiva, que llama la atención por lo ilógico de su desarrollo, pero cuyas consecuencias ponen en evidencia la estupidez humana hasta cotas insospechadas.

La historia

Al parecer,  todo comenzó a principios de 1692 en casa del reverendo Samuel Parris, un comerciante puritano convertido en ministro de la Iglesia que se fue haciendo un hueco en las pequeñas aldeas de Boston, sustituyendo a otros ministros durante sus ausencias. La comunidad se negaba a pagarle un salario a costa de aumentar sus impuestos, ya que él no era el ministro oficial. Por esta razón, el reverendo comenzó a predicar sermones sobre una hipotética conspiración de Satanás en Salem. Ello, unido a pequeñas rencillas personales, envidias  propias de los pueblos pequeños y una reciente epidemia de viruela, sembraron la semilla de la desconfianza. En una sociedad timorata e influenciable, el desenlace era cuestión de tiempo.

Así, el reverendo Parris tenía tres hijos y una sobrina a su cargo y para el cuidado de éstos, y según la costumbre de las familias adineradas, también tenía una esclava antillana, fruto de sus negocios pasados en la zona. Tituba, la esclava,  debía cuidar de unos niños consentidos y maleducados. Por ello, para acallar sus caprichosos deseos, decidió contarles cuentos y enseñarles juegos, entre los que estaba el de leer el porvenir en las claras de los huevos. Estas prácticas fascinaron a Betty y Abigail, la hija mayor y la sobrina del reverendo, quienes a su vez, invitaron a otras amiguitas a participar en estos juegos.

Un buen día, las niñas cayeron enfermas y el Dr. William Griggs, incapaz de diagnosticar una enfermedad real, decidió salvaguardar su reputación afirmando que se trataba de brujería.  Diagnóstico socorrido donde los haya. A Parris esto le vino como anillo al dedo para continuar acosando en sus sermones a la comunidad de Salem y otros pueblos cercanos.  Los síntomas que presentaban tanto las niñas Parris como sus compañeras de tropelías eran extraños y no tenían explicación: corrían a cuatro patas, ladraban, lloraban sin razón, sentían pellizcos y picores... Lo que a todas luces viene a ser un sonado berrinche, que debidamente atendido e incluso aplaudido llegó a convertirse en un ataque de histeria colectiva.

Los juicios

Pero lo mejor estaba aún por llegar. Cuando preguntaron a las niñas por la razón de su enfermedad, ellas inmediatamente acusaron a Tituba, pero no contentas con eso, comenzaron a dar otros nombres, hasta que el grupo de sabios ministros que formaba el tribunal llegó a la conclusión de que efectivamente, como ya había advertido el reverendo Parris, el mismísimo diablo estaba entre ellos, engañaba y poseía los cuerpos de los vecinos de Salem y los torturaba. Por lo que según la ley británica, base de la estructura legal del Massachusetts  del siglo XVII, la brujería era un delito penado con la horca. El juicio seguía el mismo procedimiento que la todopoderosa y siempre justa Santa Inquisición: si confiesa  es un “afligido”, es decir, una víctima que ha sido poseída y atormentada por el demonio. Y si no confiesa, es un brujo o una bruja que no sólo adora al diablo, sino que además es causante de las posesiones de los “afligidos”. Y si algún afligido no estaba seguro de lo que quería confesar, el amable tribunal le ayudaba a decidirse mediante las más modernas y delicadas técnicas de persuasión. Ante semejante panorama, los afligidos gritaban ante el tribunal los nombres de aquellos vecinos que, convertidos en brujos, los habían poseído y torturado.

Y el conflicto iba más allá cuando un vecino no quería pecar y condenar su alma inmortal, confesando falsamente, que era un brujo, a fin de salvar solamente su cuerpo de una muerte prematura. Entre los condenados hubo 20 personas que se mantuvieron fieles a la verdad y que, por tanto, el justo tribunal de ignorantes reverendos atemorizados por Parris llevó a la horca. Porque en Salem no se quemaba a las brujas, ni se las hacía desaparecer con agua, como en los cuentos, no. A las brujas de Salem se las ahorcaba bajo un gran roble.

Según los más sabios había varias formas de comprobar si alguien era o no realmente un o una bruja.  Si se lanzaba al acusado por un precipicio y no salía volando sobre su escoba, sino que se despeñaba hasta morir, es que era inocente. Si se le lanzaba al río, atado y se ahogaba, también era inocente. Si se le increpaba para que rezase una oración y titubeaba o se equivocaba en una palabra, es que era culpable, aunque después se demostró que la fuerza del maligno podía engañar en esta prueba, así que perdió su validez. Y desde luego, la mejor de todas, era la del tacto. Si un afligido, en pleno ataque, tocaba a la bruja que lo estaba atormentando, inmediatamente quedaba libre del tormento y se demostraba la culpabilidad del acusado. Juicios muy rigurosos todos ellos.

De modo que el temor a ser condenado provocó que unos delataran rápidamente a otros, aún a riesgo de condenarse por perjurio o quizá con la loable intención de arrepentirse años después y ser perdonados por el buen Dios.  En pocos meses el miedo y la histeria se apoderaron de un pueblo ignorante y envidioso, la receta perfecta para una tragedia.

El resultado

Pero no todo fue imaginario. Hay quien apunta que las supuestas posesiones demoníacas, que algunos juraron haber sentido, especialmente las malcriadas niñas Parris, no eran puramente  psicológicas, sino que parte de los síntomas se debían al ergotismo, una intoxicación por ergot o cornezuelo, que se adquiere al consumir pan de centeno fermentado, que es alucinógeno...
Entre junio  y octubre de 1692 se ahorcó a  7 hombres y  13 mujeres. Se arrestó a más de 200 personas, entre mujeres, hombres y, lo más escandaloso, niños y embarazadas. Y las niñas, ávidas de atención, habían acusado a otras 200 personas más. Los infortunados esperarían su turno para ser juzgados y después para cumplir sentencia en caso de ser hallados culpables, hacinados en pequeños y oscuros calabozos. Cuchitriles mal ventilados y húmedos, en los que murieron, al menos otras cuatro mujeres.  Y otro anciano que fue apedreado.

La histeria colectiva contagio a un tribunal instigado y presionado por el reverendo Parris, pero las buenas personas, que también las había, informaron a otras autoridades más elevadas y el Tribunal Especial de Auditoría y Casación de Salem, presidido por el juez William Stoughton, fueron suspendidos por el Gobernador Williams Pipps, en octubre, reemplazándolos por el Tribunal Supremo que, entre otras cosas, no aceptó la evidencia espectral como prueba... con lo cual las niñas se quedaron sin argumento. Se liberó a aquellos que esperaban ser juzgados y se perdonó a los que habían sido condenados. Tiempo después algunos, con mala conciencia, se disculparon públicamente e incluso hay quien dice que se indemnizó a las familias, a las que previamente habían expropiado sus bienes para cubrir los gastos de alojamiento... en las celdas.

Apariciones en la actualidad

Sin embargo, no parece que esto fuera suficiente en ningún caso, puesto que a los condenados que fueron ahorcados no se les puede resarcir de ningún modo, tampoco se puede desvanecer el resentimiento generado por las víctimas encarceladas y torturadas injustamente. El dolor, el miedo, la injusticia... son sentimientos que quedaron flotando en el ambiente. En la actualidad, son muchos los que afirman que pueden observarse fenómenos inexplicables en la zona, algunos hablan de pequeñas luces que se mueven describiendo orbes en el aire, otros aseguran haber visto o incluso fotografiado una especie de niebla blanquecina y densa, que envolvía un espacio muy pequeño de terreno, bien en el bosque o en el cementerio, otros van más allá y hablan de apariciones, de mujeres con las manos atadas, arrodillarse a rezar, de voces, de lamentos... quién sabe, no sería extraño que a pesar del tiempo transcurrido, aquellos hombres y mujeres asesinados injustamente, aún hoy siguieran sin entender lo sucedido. 

Salem en el siglo XIX

Como consecuencia directa de ese pasado, ahora la ciudad puede ofrecer varias atracciones turísticas basadas en la caza de brujas de 1692, como el Museo de Brujas de Salem, el Salem Wax Museum, el Museo de los calabozos para brujas, el Museo de Historia de brujas, la Casa de las brujas, etc. Además de otras atracciones y museos que tratan  temáticas varias, como los piratas o los constructores de barcos y edificios que constituyeron la base de la economía de la zona en siglo XVII. También hay un buen número de tiendas esotéricas, ahora que existe libertad de culto y creencias y que le dan a la ciudad un ambiente sobrenatural.

Salem, que es bastante pequeño, con callecitas estrechas y un tráfico rodado poco denso, invita al turista a pasear a pie con total libertad, desde el cementerio viejo, que está en pleno centro, hasta las amplias arboledas que llevan a los pueblos vecinos, como Andover o Billerica. Hay un gran número de restaurantes, sobre todo de comida italiana y tiendas de todo tipo. Es un municipio muy animado y siempre está lleno de turistas, de donde se desprende que está preparado para recibirlos. Es común encontrar a la gente disfrazada por la calle, son actores de los museos que representan performances dentro y fuera del recinto. El ambiente es muy divertido y en cierta manera, muy esotérico. Es algo que hay que vivir y no sólo leer.

Cómo ir

En avión: El aeropuerto internacional Logan es el más cercano a Salem.  Está a sólo 25 minutos  por la Ruta 1-A del norte. También está el aeropuerto de Manchester, New Hampshire, a una hora de camino. El taxi cuesta unos 50 dólares.

Por carretera: Desde Boston, hay que coger la I-93 Norte, hasta la salida 37-A para la I-95 Norte. Seguir por la I-95 Norte hacia la Ruta 128 Norte. Coger la salida 25ª y seguir la ruta 114-Este hasta llegar a Salem.

Desde el norte, se coge la I-95 Sur (desde Maine) o la I-93 Sur (desde New Hampshire) hacia la Ruta 128-Norte. La salida es la A-25 y se sigue por la ruta 114-Este hasta llegar a Salem.  Desde el oeste, se coge la I-90-Este hasta la I95/Ruta 128 Norte. La salida es la 25ª y después, la conocida ruta 114. Y desde el sur, es la ruta 93 Norte, hasta la Mass Pike (I-90 Este) atravesando el túnel Ted Williams (salida 23) hasta la ruta 1ª del norte que llega hasta Salem.

Nota importante: la I-95 Norte y la Ruta 128-Norte comparten el mismo camino hasta la circunvalación alrededor de Boston. Cuando los caminos se dividen hay que seguir por la Ruta 128 Norte. En ese punto, los números de las salidas saltan del 45 al 28 sin más explicación.

Dos tumbas del cementerio de Salem con un orbe flotando rápidamente frente  a ellas.

El Museo de las Brujas de Salem.

Tituba y otra acusada de brujería. Museo de las Brujas de Salem.

Lápida en memoria de Ann Pudeator. Colgada el 12 de septiembre de 1692.

El parque en el que se encuentran todas las lápidas que conmemoran los nombres de los ahorcados por brujería.

Jardín del museo, junto a la bahía.

Cementerio de Salem, donde se dice que hay apariciones y manifestaciones inexplicables.

Escultura de hielo frente al Museo de las Brujas de Salem.

Mercadillo de época.

Parte trasera de una de las casas museo.

Día de mercado en la plaza de Salem.

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